¡CURA PARA LOS QUEBRANTOS!
Tarde o temprano, el mundo nos rompe el corazón. Un embarazo no deseado, el abandono de los padres, un trato abusivo, maltratador, el bullying en la escuela, un abuso sexual, la traición de la pareja, el robo perpetrado por el amigo o el socio. Miles son los dolores del corazón, mucho es el dolor producto del menosprecio, del desprecio o del chantaje experimentado. ¿Y qué podemos decir del sentimiento de orfandad en el que hemos vivido?

¡Hay buenas noticias! El Señor Jesús viene a sanar a los quebrantados de corazón. Nuestro Salvador repara los corazones rotos. Isaías 61.1-3, Lucas. 4.18.

El evangelio de Lucas relata que Jesús entró en la sinagoga de Nazaret, y se levantó a leer la Palabra de Dios. Se le dio el rollo del libro del profeta Isaías y buscó el lugar donde estaba escrito lo siguiente: El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; 2 a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; 3 a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya. 4 Reedificarán las ruinas antiguas, y levantarán los asolamientos primeros, y restaurarán las ciudades arruinadas, los escombros de muchas generaciones. Isaías 61.1-4.

Y terminando de leer, comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes. Lucas 4.20-21. Desde ese día, Jesús comenzó a sanar a todos, y sigue haciéndolo hoy, porque Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Hebreos 13.8.

¿QUIÉNES SOMOS LOS QUEBRANTADOS DEL CORAZÓN?: Todos los heridos y dolidos, cuyo corazón está hecho pedazos por los problemas de la vida.

Jesús trajo el Reino de Dios a la tierra para que podamos ser sanados. Marcos 1.15. Hoy es nuestro tiempo de recuperar la paz y la alegría perdidas, con la ayuda del Espíritu Santo.

Invitemos a Jesús a ser nuestro Señor y Salvador, reconociendo y confesando que murió por cada uno de nosotros, que derramó su Sangre para el perdón de nuestros pecados y para darnos la vida eterna. ¡Recibámoslo en nuestro corazón!

HAZ EN VOZ AUDIBLE ESTA ORACIÓN, INVITA A JESÚS A SER TU SEÑOR Y SALVADOR.

Señor Jesús: Yo creo que tú eres el Hijo de Dios, que viniste a la tierra a morir por mí, para rescatarme del pecado y de la muerte eterna; y para abrirme camino de vuelta al Padre. Reconozco mis rebeliones y mi egoísmo, y decido volverme a ti.

Te entrego todo mi ser, me arrepiento de mis pecados y recibo por gracia, tu perdón. Toma tu lugar en mi corazón como Salvador y Señor, y llévame al Padre para que me haga su hij@ y pueda convertirme en la persona que me creó para ser.

Creo con mi corazón que Dios te resucitó de los muertos, por lo que vives hoy para salvarme. Sáname, restáurame de cada quebranto de mi corazón, ven a vivir en mí, por el Espíritu Santo. Gracias Padre, en el nombre de Jesús, amén.

EL REINO DE DIOS:
Al aceptar a Jesús, Dios nos hace nacer de nuevo, y nos introduce a la dimensión sobrenatural de su Reino, a una esfera distinta a la de este mundo; a un poder dinámico que empieza a actuar en nosotros, para vivir una vida diferente. Juan. 3.5.

Muchos años hemos actuando solo de acuerdo a lo que vemos, sentimos y comprendemos, conforme a las cosas materiales y a las filosofías del mundo. El Reino de los cielos es distinto, tiene un Rey y principios de gobierno diferentes, que tenemos que conocer y aprender a utilizar.

EL REINO DE DIOS SE MANIFIESTA EN DOS FORMAS PRINCIPALES:

A. En las obras poderosas de Jesús a favor de los necesitados. El Señor siempre está dispuesto a sanarnos, liberarnos y restaurarnos. Jesús está disponible en cualquier momento. Él no cambia porque no se mueve en el tiempo, sino en la eternidad. “El Reino de los Cielos es un Reino eterno”.

B. Haciendo valer su victoria sobre los enemigos de Dios. Mateo 12.28. El enemigo buscará contrarrestar la autoridad y el poder divino en nuestra vida. Su objetivo es oprimirnos y si puede, destruirnos. El diablo está detrás de los asesinatos, los abortos, las guerras, los adulterios, las mentiras, los sobornos, los secuestros, las adicciones, la prostitución, las enfermedades, la pobreza, la depresión, el suicidio y todo ese tipo de desgracias que torturan el alma de los seres humanos.

Pero debemos saber que Jesucristo nuestro Rey ya venció a Satanás, es un enemigo derrotado. El diablo ya fue sentenciado a desaparecer, sin embargo no ha llegado aun el día de su destrucción. Mientras tanto, trata de apropiarse de las almas de los seres humanos, si se lo permitimos. Sus armas son el engaño, la mentira, la duda, la desconfianza, la ignorancia, la tentación… En Cristo tenemos autoridad sobre él.

EL REINO DE DIOS EN MÍ: Es el Señor Jesús gobernando mi vida interior: Mente, emociones, voluntad, deseos y sueños. Trayéndome justicia, amor, paz, gozo, una vida íntegra.

Cuando oramos “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”; en realidad estamos pidiéndole que gobierne en el territorio de nuestro ser interno y que se haga “su voluntad” en nuestro espíritu alma y cuerpo; para que salgan la tristeza, el temor, las heridas, el dolor, la amargura, los abusos y maltratos; y se establezcan la rectitud, la paz y el gozo; así como la prosperidad, la confianza y el amor de Dios dentro de nosotros. Mateo 6.9-10.

Esto es lo que necesitamos, que el Señor recupere lo perdido, restaure nuestro ser interno, sane los quebrantos y nos restaure, con su provisión de amor, perdón, gracia, sabiduría, etc. Lo único que tenemos que hacer es creer en Él, entregarle nuestras cargas y nuestra voluntad, y recibir a cambio la comprensión de cómo se vive en la “libertad verdadera”.

OREMOS: Padre, hoy te entrego mis quebrantos del alma y del corazón. Decido creer que tú me sanarás y me dejarás como nuevo, limpio y libre de dolor. Te pido que me guíes a lo largo del proceso de restauración. Quita toda dureza e insensibilidad a ti, producto de mis pecados y de las injusticias cometidas en mi contra. Llévame al arrepentimiento y a perdonar a todos los que me han ofendido; en el Nombre de Jesús, amén.

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